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Estando en París sus molestias visuales, por el avance de la diabetes, lo obligaron a consultar a un especialista francés recomendado por uno de sus amigos. Con su acostumbrada reserva no le comentó a nadie de su cita médica y acudió a ella.  Desafortunadamente en esa época se desconocían los beneficios de la insulina como tratamiento de diabetes, fue hasta 1921 que Frederick Grant Banting la descubriera en Toronto, Canadá. El médico francés no pudo recetarle nada más que un descanso absoluto y el abandono inmediato de sus estudios de pintura con el fin de evitar cualquier esfuerzo visual.

Sus amigos observaron que con el pasar de los meses Valenti empezaba a decaer físicamente, a debilitarse y a enflaquecer. Mérida, en especial, tan dado a la diversión propia de los bohemios de la época, comprobó que a Valenti le era totalmente indiferente su acostumbrada forma de vida, en él sus estados emocionales de irritabilidad y depresión era cada vez más comunes. Nadie pudo llegar a saber del infierno de dolor y abatimiento que lo aquejaba. Algunas veces solo respondía: “Me siento defraudado en mis propósitos; frustra en el hecho de comprobar día a día la disminución de mi campo visual...”. En otros desahogos expresaba: “Cuando veo retrospectivamente me convenzo de haber perdido el tiempo; de no haber llegado a realizarme en todo lo que podía dar a causa de mi precaria salud, la ingrata diabetes que no me abandona; del medio árido de nuestra patria y de mis sentimientos de hijo apegado a su madre...”

¿Qué le estaba sucediéndole a su delicado espíritu, el cual nunca nadie llegó a conocer a fondo? Sólo él lo sabía. Sus compañeros empezaron a darse cuenta de su enfermedad a través de la disminución  del tono de su trabajo; no quería ya asistir a sus estudios, ni a las tertulias; se encontraba siempre ensimismado y silencioso. A veces le animaban a retornar a su inquietud artística, pero su espíritu no reaccionaba, parecía aniquilado en vida, sólo él sabía del tempestuoso y avasallador impulso que trizaría el más elemental instinto de conservación. Obsesionado por el diagnóstico del oculista, recurrio a una segunda consulta para recibir mas opinión sobre su mal, el medico le pronostico una ceguera absoluta, si no dejaba de forzar su vista, cuando menos durante dieciocho meses.

Mérida nada supo al respecto por la conocida introversión de Valenti, pero comentó: “Esa mañana estábamos trabajando en la escuela todos reunidos, cuando me percaté de su ausencia al no verle frente a su caballete, ante el cual se había sentado una hora antes. No obstante, seguí pintando, sin recelo, porque él había amanecido aparentemente tranquilo. Más, sucede que yo desde joven tengo presentimientos: me ocurre muy a menudo sentir reacciones extrañas en el plexo solar cuando algo va a sobrevenir, e impulsado por estos fenómenos, salí de clase y rápidamente me dirigí a casa. Llegué y tembloroso abrí la puerta, dándome cuenta de que la cortina de su cubículo estaba corrida. Su sombrero sobre el caballete, como solía dejarlo siempre que regresábamos de la calle. Se acentuó mi duda, ansia e incertidumbre, y me acerqué a indagar y a abrir la cortina esperanzado de poder aliviarlo en alguna súbita enfermedad, pero desgraciadamente ¡había llegado demasiado tarde! Horrorizado comprobé al verle tendido en la cama con un revólver en la mano, que se había disparado al corazón. ¿Cuándo adquirió el arma? No puedo imaginarlo, pues nunca vi semejante adminículo en su poder. Presumo salió a comprarla esa misma mañana al dejar el estudio. Estaba inmóvil y una serena expresión invadía ahora su hermoso rostro. Cuando llegaron las autoridades y amigos, verificaron su muerte causada por dos disparos en el pecho...”. “Puedes imaginarte la congoja –continúa- avisé desesperado a Roberto Montenegro y Tito Leguizamón, que a su vez llamaron a otros amigos (Rafael Rodríguez Padilla, Ricardo Castillo, etc.) y nos ocupamos de enterrarlo previo permiso de la autoridad. Esta tomó posesión del estudio; de los contratos de la casa firmados por él, de manera que el estado cerró el taller y a mí me pusieron preso dos o tres días, hasta comprobar mi inocencia. Una tragedia horrible como para que yo hubiese tomado el mismo camino” –prosigue Mérida, quien reconoce en Valenti una superioridad tan elevada sobre sus compañeros, que sólo la hace comparable a los grandes- "Le enterramos en el Cementerio de Montparnasse una lluviosa y fría mañana del día 2 ó 3 de noviembre de 1912. Íbamos adelante del carro fúnebre cuatro o cinco amigos, hasta dejarlo en una tumba que no volví a visitar. Desde nuestro arribo a la soñada urbe habría transcurrido tan sólo cinco meses”.

Así terminó la vida de Carlos Mauricio Valenti Perrillat, un artista atormentado, cuyo genio desbordó los límites impuestos por su propia naturaleza debilitada desde su infancia. Sucumbió ante la evidencia de un fracaso, al no haber tenido el tiempo para encontrar su propio camino. Su punzante inquietud se resistió a la inactividad; a frenar el trabajo creativo; a negarle a sus ojos ávidos de luz el despliegue del arco iris en busca de soluciones a los problemas tridimensionales del espacio, del tiempo y de la corporeidad. Al final se rindió al golpe asestado a su pasion de calbalgar en el Pegaso de su genialidad, que al interponerse en su carrera hacia el triunfo, lo dejó inmerso en el sueño de la eternidad...

 

[Cobertura Periodística de su muerte]

[Cementerio Montparnasse]

 

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