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“No discutamos –decía- así lo siento yo y así lo pinto”

Carlos Valenti desde pequeño se distinguió como un niño frágil, de carácter suave y buenos modales. Siendo el hijo menor de la familia Valenti Perrillat, creció bajo la protección y preferencia de su madre. Era tímido, reservado, introvertido y algunas veces huraño, situación que lo inducia a veces a refugiarse en el aislamiento.

Los médicos le habían diagnosticado diabetes desde su infancia, la pérdida de su capacidad visual, resultado de su enfermedad, lo atormentaba constantemente. Sus constantes alteraciones visuales lo deprimían, ocasionándole estados de apatía y pesimismo. Le fueron recetadas dietas y medicamentos inocuos, pero su enfermedad continuo avanzando.

Desde el principio se entregó apasionadamente al arte, en el existió siempre el anhelo de llevar su pasión a lo más alto. Era como un volcán pronto a estallar, una veces vibrante, otras veces irritado, pero siempre creativo. Su producción, aunque limitada, estuvo llena de trazos decididos que escapaban de la mediocridad y de los convencionalismos. Sus paisajes y personajes fueron obras representativas de su continua búsqueda hacia la perfección. Sus trazos identificados con monstruos, seres anormales o miserables fueron el resultado de sus propias angustias y depresiones motivadas por un temperamento atormentado por la constante inquietud de espíritu y de su salud inestable y precaria.  
La grave enfermedad de su madre, su agonía y posterior muerte destrozaron su ánimo, le causaron  un profundo y desgárrate dolor que marchito y deprimió más su ser. La ausencia permanente de padre y su rechazo posterior a la muerte de su madre ahondo el dolor.

Carlos Mérida expresó de él: “Carlos Valenti no era hombre normal en el sentido de su genialidad. Nos dejaba a todos sorprendidos con sus teorías y observaciones, mientras pintábamos. Hablaba lo necesario y sin jactancia sobre sus conceptos estéticos y apreciaciones, que compartía con nosotros. Una demostración más de la gran generosidad que le caracterizaba en diferentes aspectos de la vida, y como era natural, le adornábamos y tomábamos sus palabras como savia nutricia, originadora de nuevas formas y rumbos a nuestras inquietudes”.